Pulo mis zapatos

Pulo mis zapatos

Pulo los zapatos con betún con la alegría de saber que, esta rutina, me alivia el espíritu.

Significa que voy a salir y que tengo ánimo, y por supuesto, VIDA. Escrito en mayúsculas, como todo lo que uno relata como importante.

Aprendí desde niña -con las salesianas- a mantener el brillo de mis zapatos, y el de mi pupitre de madera escolar, limpiándolos con la crema pastosa negra del betún, actividad ésta,  que realizábamos una vez al año, al cierre del calendario educativo. En ello,  también me dio, por  ver los pies de los demás,intentando leer su caminar.

Lo primero, lo hacíamos como regla de cuido y mantenimiento, y lo segundo, por aquel dicho que habla de que, por la maleta y el caminar, se sabe algo del pasajero.

Porque la Escuela, fue y debe seguir siendo, lugar para jugar, aprender y crecer.

La Escuela que apoya y reafirma tus capacidades.

De esos días evocados, llegan los recuerdos en las sesiones de teatro, o las mañanas de los panes de a locha (moneda venezolana que ya no circula) en aquellas jornadas de trabajo voluntario en la «cantina» ,  en cuanto a venta, y el mantenimiento de áreas comunes.

La Escuela, el espacio de trabajo de la – seño- (diminuto con que se referenciaba a la maestra); del mapa mundi, del ventanal inmenso por donde entraba la luz.

La Escuela, y el murmullo sagrado de aquellas voces infantiles.

La Escuela, toda ella divina con sus pisos pulidos; no con pulidora eléctrica, sino con los pies de muchas de nosotras; aquellas niñas que nos deslizábamos, en horas de la tarde sobre aquellos trapos de felpe, como si se trataran de tablas para surfear sobre el mar.

La Escuela y el maravilloso y frondoso cují que albergaba la imagen de la Virgen, acomodadita ELLA, en aquel nicho armado con ramitas del mismo árbol.

La Escuela, un lugar sagrado al que hay que respetar y defender. Cuidar y promocionar.

La Escuela divinaaaaa cuando educa para la vida.

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